‘No estás sola’. Hablemos sobre la dimensión afectiva de PAH Vallekas

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Lo que ofrecemos como PAH Vallekas no es sólo una solución concreta a un problema individual de vivienda. Somos toda una comunidad de lucha, cuya apuesta es por espacios de expresión de nuestras experiencas de vida –tanto las dolorosas como las exitosas– y actividades colectivas que juntas suponen un cambio en la forma de ver el mundo que nos rodea y nuestro sitio en el. En este texto intentamos poner en valor una parte del trabajo que hacemos: la parte afectiva, que concierne a cómo nos sentimos juntas, de la que a veces nos olvidamos porque es invisible. También queremos pararnos a preguntar ¿por qué una gran parte de las personas que nos conoce no engancha con nosotros de manera inmediata? El texto forma parte del primer “Taller de dinamización y poderío PAH” que celebramos como parte de la formación interna en la Plataforma.

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Las prisas, la urgencia, la necesidad de organizar y ser efectivos, junto a la saturación, el cansancio y a veces también la fuerte exigencia de una aportación al trabajo colectivo que se hace en PAH Vallekas, favorecen que no siempre tengamos presente el momento que vive una persona cuando llega a la bienvenida. Pero deberíamos recordar que lo que para nosotros es un acto rutinario puede suponer para la persona recién llegada una ruptura radical en la forma de enfrentar su vida.

La gente que llega a la asamblea ha vivido y está viviendo situaciones muy duras. Muchas de las personas llevan mucho tiempo imaginándose en la calle, sin tener nada, ni para comer, ni para el autobús. Algunos han tenido en el pasado una situación aparentemente estable, con empleo e hipoteca, y tienen la sensación de haber pasado de tenerlo prácticamente todo a nada. Algunos han vivido con muy poco toda su vida, y eso puede llegar a endurecer a una persona de tal manera que es difícil fiarse de los otros. Nuestro intento colectivo es conseguir que todas, venimos de donde venimos, quepamos en PAH Vallekas mientras compartamos el deseo de luchar juntas.

Según qué tipo de problema de vivienda que sufre la persona, a la incertidumbre de no saber dónde vas a vivir en un mes o en una semana se le suman otras ansiedades: el miedo de quedar con una deuda de por vida, la vergüenza de haber fracasado a ojos de familia o amigos, la culpa de las madres y los padres de familia, o la soledad en la que hay que tomar las decisiones. Muchas personas llevan encima también otras cargas como estar en paro, tener una enfermedad crónica, sufrir de violencia de género, no tener papeles o que les falta luz o agua en casa.

Lo ponen en palabras nuestras compañeras:

  • “Yo me sentía prisionera, qué podía hacer, me sentía en una cárcel. Prisionera, en una cárcel. Ya he tenido dos escapadas [de la casa cuya hipoteca comparto con mi maltratador] y he tenido que volver por la presión del banco porque había que responder a la hipoteca.” 
  • “Tenía mucho estrés emocional por no tener para las cosas más básicas como la luz… es la incertidumbre, el no saber. Eso también afecta las emociones.”
  • “Mi familia no sabía nada, porque como llevo arrastrando lo de eres tonta desde la violencia de género, yo dije no les cuento nada. Cuando llegué estaba hecha polvo, yo no paraba de llorar, por un lado te sientes tan mal de que vas a dejar tus hijas en la calle, joder, parece que lo haces todo mal, la pareja, tus hijas, la casa… Otra vez es por mi culpa.” 
  • “Yo estaba sola, sola y enferma, y cuando entré por esa puerta fue como si, como si encontrara mil amigos de golpe. Cómo reacciona la gente cuando te ve, cómo te abraza, a mí lo que me llegó fueron los abrazos, cuánta gente se acercó a decirme Cristina, no estás sola, porque llevaba mucho tiempo sintiéndome sola.”

Estar solo significa gestionar una vida dura que es muy difícil de llevar. La mayoría de las personas de la Plataforma se han visto en un estado de vulnerabilidad permanente. Frente a esta situación la PAH no sólo ofrece alternativas materiales, produce además una nueva manera de mirar la vida propia, y un lugar diferente desde el que hablar con una voz colectiva y fuerte. La PAH nos empodera, y cuando nos empoderamos como grupo, la vulnerabilidad puede convertirse en el mejor arma: entendiendo que todos somos vulnerables (en diferentes grados) aprendemos que dependemos de unos y otros. Empoderamiento significa que sepamos que necesitar unos a los otros no tiene por qué ser nada triste.

A continuación repasamos algunos elementos que creemos necesarios para tener en cuenta en la bienvenida para abrir las puertas al cambio y al empoderamiento, ese vuelco que le das a la vida para hacerte sonreír otra vez.

Expresión de las dolencias

Cuando una persona nueva llega a la Plataforma lo hace atravesada por sentimientos de miedo, aislamiento y vergüenza. Nuestro primer deber es acoger la expresión de estas dolencias. A algunos les cuesta mucho expresarse –les da corte–, y es preciso que les animemos suavemente. Como explica un compañero: “La primera vez con los nervios, los llantos, es mucha gente y te cortas, pero vas aprendiendo”. A otros la –tal vez primera– oportunidad de expresar sus malas experiencias se convierte en un río que corre el peligro de llevarle a la persona hacia todo un mar de preocupaciones, y es nuestra responsabilidad ayudarle a avanzar pasito por pasito. Lo importante es que un nuevo miembro de la PAH pueda empezar a darse cuenta, la palabra propia mediante, que lo que él o ella ha vivido como íntimamente suyo, está vinculado con un problema estructural. Así empieza a enganchar la experiencia propia con la estafa gigantesca que se ha llevado a cabo en España. Luego, cuando la persona avanza en su proceso, la expresión de las dolencias va abriendo paso a la expresión de nuevas experiencias más placenteras. En palabras de un compañero: “Tal y como están las circunstancias, a modo de terapia, cuentas tu caso, y hablas y comentas porque impera esa necesidad, te quitas la vestimenta de la vergüenza y no te importa más”.

Escucha activa

Cuando una persona recién llegada habla en la asamblea, pongámosnos en su piel. Él o ella no sabe nada de las prisas que tenemos acumuladas encima de los hombros como grupo. Si le apuramos el ritmo por nuestros agobios, es probable que vaya a sentir que no es el momento adecuado para expresar su situación. Por eso es importante practicar la escucha activa. Para que quien habla sepa que le estemos escuchando, dejemos que se note. Animémosle, si se desanima. Para que sepa que ha llegado a buen puerto, demostremos empatía. Guardemos el respeto hacia la experiencia que haya tenido la persona. Eso se demuestra de muchas maneras, por ejemplo guardando silencio y dejando que se exprese tranquilamente. Es mejor no hablar encima aunque se nos salten las ganas de dar una respuesta rápida a un problema que nosotros ya conocemos hasta el fondo.

Respuesta, el espejo de Alicia

¿Conocéis la secuela al cuento sobre Alicia en el país de las maravillas? En ella, la niña Alicia encuentra un espejo mágico. Tan mágico es, que mientras permite que ella se vaya reflejando en su superficie, abre un nuevo mundo al que Alicia entra con ganas. La respuesta que damos a los nuevos compañeros es muy importante precisamente por hacer esa misma función. Cuando respondemos a los que vienen, es necesario poder transmitir un claro reconocimiento de lo que él o ella ha vivido, así validando la experiencia del recién llegado. Si ha pensado durante años que no es posible salir del problema, puede que le cueste creer que sea posible. El asesoramiento colectivo se basa en que los nuevos aprendan de la experiencia de los que ya han pasado por los mismos pasos. Por eso en el asesoramiento debemos ofrecernos como un espejo de Alicia: el recién llegado puede reflejarse en nuestra experiencia y, a través de ella, acceder al mundo del Sí Se Puede.

 Diálogo entre lo individual y lo colectivo

A partir del momento de entrada a PAH Vallekas empieza un proceso. Es un proceso para resolver un problema concreto, pero no solo. También se trata de un cambio en la relación que tenemos entre nuestra vida individual y la agenda de la PAH, la vida que hacemos en colectivo. Es normal que en ese proceso que nos insta a negociar nuestros tiempos y a veces renunciar cosas, haya momentos en lo que estemos cansados de la PAH. Cuando acompañamos a nuestros nuevos compañeros –y también cuando nos enfrentamos a nuestros propios altibajos nosotros que ya llevamos un tiempo luchando juntos–, podemos pensar que se trata de un movimiento marítimo. Las olas suben y bajan con la marea, y lo importante es acompañarnos entre todos en las diferentes fases de la marea de cada cual.

(También es cierto que algunos se desilusionan ya de entrada, y nunca vuelven. A veces eso se debe a nuestros fallos, y en esos momentos nos toca ser críticos con nosotros mismos. Pero también hay muchas ocasiones en las que se debe al sencillo hecho de que no somos ni portadores de varitas mágicas ni un servicio jurídico gratuito que algunos buscan. A veces nos toca aceptar que no podemos llegar a todo el mundo. Lo importante es saber hacer la autocrítica y ver los limites de nuestro alcance sin echarnos las culpas, avanzar juntos y con paciencia).

Familia de lucha

Para muchos que tienen muy poca familia en España, a paso del tiempo, la PAH se convierte en otra familia. Como dice una de las compañeras ecuatorianas: “Te sientes parte de ella, te sientes arropada.” Y eso somos, una gran familia con mil patas y cabezas. Hay tanto que hacer, que a veces nos abruma. Para que la comunidad en y por la que luchamos pudiera florecer, es clave que cada persona podamos aportar de manera que nos haga sentir a gusto y realizadas. Comunicándonos nuestros intereses y fortalezas igual que nuestras dudas, podemos encontrar la manera de participar que mejor le sienta a cada uno. Al final y a cabo, la clave para que alguien se quede es que le guste. Para aquello tenemos que reconocer cada aportación y visibilizar el trabajo de todos. ¡Que no se nos pasen las oportunidades para darnos las gracias!

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Estos pasos forman una parte de la andadura del empoderamiento. Hay otros muy importantes, por ejemplo los que tienen que ver con el acceso a la información verídica sobre las leyes y los derechos vigentes de los hipotecados, inquilinos y ocupantes. Hemos querido enfocarnos en esta dimensión afectiva para sacar a la luz algo que a veces tenemos un poco olvidado: cómo nos hablamos y cómo nos escuchamos nos afecta. El empoderamiento no es posible si nos tratamos de una manera que nos afecta negativamente.

Los y las compañeras cuentan cómo sienten el cambio:

  • “Esas palabras [que dicen que no estás sola], te llenan”.
  • “El centro social es tu otra casa. Mi hija me ha pegado la bronca por llegar a las cuatro y media de la mañana. Acaba la reunión y seguimos hablando de la PAH, de política, que no hablamos de otras cosas, pero te relajas, desconectas. Yo a mis hijas se lo tengo dicho, el miércoles es mi día. Yo antes no tenía con quién salir, y ahora un viernes si tengo ganas, me bajo directa a la Villana y sé que voy a a encontrar amigos.”
  • “Hemos visto como las personas que llegaban con una carga emocional muy fuerte ahora se sienten empoderadas, quiero decir que no se sienten solas. Es una sensación de cercanía, de disposición a trabajar juntos siempre cuando tienes el tiempo. Siento que hay una comunidad aquí. Todo eso me hace sentir bien, que cada persona dé lo que pueda para contribuir en lo colectivo… ya sea parando desahucios, en el grupo de comunicación, en el banco de alimentos. Todo eso hace la cercanía y el cariño que la gente se demuestra.”
  • “Ví la luz al final del túnel. Ya anímicamente te vas sintiendo mejor, es otra manera de ver las cosas. De una situación que todo es mi responsabilidad y que no tiene solución se pasa a una realidad de la que no soy culpable y que puedo transformar, aunque cueste y haya que luchar por ello.”
  • “Empecé a sonreír, empecé a tener amigos, amigas, empecé a bailar que me encanta y hacía años que no bailaba. Para mí la P.A.H. además de una ayuda son mis amigos, es la gente en quién confío, aquí he contado cosas que no he contado a mis hijas, ni a mi madre, mis hermanos, o mis amigos de toda la vida y las he contado aquí. A partir de venir más lo que hace esto es empoderarte, yo empecé a sacar fuerzas de donde no las tenía, yo siempre he sido muy luchadora pero llega un momento en la vida que dices ya no puedo más, te vienes abajo y esto fue como un trampolín, pum, otra vez para arriba, y gracias a todos vosotros hoy otra vez soy feliz, vuelvo a reír, vuelvo a salir.”
  • “Antes no había solución. Ahora estoy avanzando en mi vida, buscando mi camino, mi libertad.”

Una de las claves del éxito de la Plataforma es poder huír del modelo individualista de gestionar las vidas, según el cual se nos presiona a encargarnos de todo solos mientras nos enfrentamos a grandes vulnerabilidades sistemáticamente echadas a nuestros hombros. Frente a ese modelo, la PAH significa encontrar la potencia de lo colectivo:

  • “He aprendido todas las cosas que se pueden hacer cuando estás con gente, sin perder tus puertas hacia dentro, claro, pero eso solo no vale. Cuando entré dije, qué de posibilidades hay cuando estás con gente, a nivel de curro incluso, de planes, de expectativas, conversaciones, de crecer como persona, desarrollarte… Cómo la dimensión colectiva es algo que en esta sociedad está bastante machacada y reprimida aposta, porque nos hacen estar solos porque solos somos mucho más frágiles y cuando te juntas dices ¡cómo mola esto!”

A lo largo de nuestra experiencia en la Plataforma hemos descubierto que, al menos idealmente, la participación en los dispositivos que sostenemos –la asesoría colectiva, pero también las acciones, mesas informativas o talleres– hace que pasemos por un proceso de desaprendizaje. La lógica individual que es útil en nuestra sociedad porque nos hace competir entre nosotros –por trabajos, por las ayudas sociales, también por la vivienda– nos la vamos quitando de la cabeza poco a poco. Es preciso decir que en la Plataforma hemos aprendido que si nos enfrentamos al mundo de forma individual, la vulnerabilidad y la incertidumbre que caracterizan nuestros días se convierten en una fuerte percepción de riesgo y lo interiorizamos en el cuerpo como miedo continuo. Ese miedo va desapareciendo al paso de ya no sentirse solo sino arropado, abrigado, apoyado. No hay por qué demostrar logros y esconder fracasos individuales, porque ya no son causa ni de la alegría más potente ni la vergüenza más paralizadora. Asumimos la fragilidad y reconocemos que con otros somos más fuertes. Así la PAH puede suponer un cambio en el centro mismo de la lógica neoliberal que se ve revertida: la autoregulación da paso al apoyo mutuo, la competencia a la solidaridad.

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